Monday, January 14, 2008

Palacio Quemado: la aungustia del letrado

Palacio Quemado: La angustia del letrado

Leía el último libro de Edmundo Paz Soldán, Palacio Quemado. Esta novela corta, de acuerdo al escritor, tiene páginas brillantes donde logra excelentes momentos de creación literaria en el proceso de construcción de algunos de sus personajes. Por unos instantes podría darse un proceso, dialógico en el que a través de la voz del narrador-escritor, se puede escuchar la voz de un otro de la sociedad, diminutos instantes de rebelión cuando la diferencia se para a contra luz para hablar por uno mismo. Sin embargo, otras veces, la mayoría, los mismos personajes no logran desprenderse de sus referentes reales, Goni o Sanchez Berzain, o el propio Carlos de Mesa, se da entonces, en largas páginas un proceso de saqueo casi periodístico de la realidad para convertirla, supuestamente, en literatura. Algo así como “crisis boliviana” para principiantes.

Esto me pone a meditar en lo que viene sucediendo en nuestra literatura, desde los años 80, por lo menos, ese deliberado intento de convertir la crisis en estética, la inestabilidad y la pobreza en marca registrada de una literatura, probablemente, de una manera análoga al que sucedió cuando otras autores rápidamente se apropiaron de las historias de narcos, sicarios y putas que emergían del periodismo en sus países.

En todo este proceso de creación literaria no se puede ignorar la función del letrado, no solo con los que se representan en las páginas, sino también en los que escriben. Se percibe siempre un intento por mediar en la realidad, por aportar al entendimiento del caos, de la violencia, con diferentes resultados, por ejemplo, el cinismo y la fuga en el personaje principal Jonas y la Ballena Rosada, la nostalgia reaccionaria y fascista del alter ego de Fernando Vallejo en La Virgen de los Sicarios, o inclusive la culpa por el inconsciente colonial del estudiante de Gonzalo Lema en Ahora que es Entonces.

Este libro no es diferente, habrá que ver esa propuesta entonces, el proyecto letrado que encierra las páginas de este libro, porque se cuenta la crisis, pero el tema que yace detrás de sus páginas es el de la escritura, las responsabilidades de la escritura y del escritor, la del intelectual en momentos de crisis que lo emplazan a un dilema: ser un intelectual de cafetería y adaptarse al ritmo de los tiempos, o subsumirse en el estrecho campo laboral que puede dar la academia, las escasas formaciones culturales, sobre todo la política, que parece subsumirlo todo. La otra opción, de acuerdo a las sugerencias del libro, es la de convertirse en una especie de intelectual orgánico, aquel que junta la teoría con la práctica. El contacto con las masas a su vez le devuelve el conocimiento para volver a mirar a la teoría. Este contacto no excluye sin embargo el riesgo de la demagogia, el de maniqueamente escenificar y simplificar el discurso para buscar la confrontación.

Escribir a la distancia sobre hechos actuales da cierta libertad, sin las presiones del nacionalismo, de la identidad, de la etnia o de la propias clases sociales enfrentadas, pero no esconde la ansiedad, la de ser un simple observador. Qué es la escritura entonces, sino un intento de acercarse, de insertarse en la historia, aunque lo cierto es que la historia puede ya haberte dejado atrás desde hace mucho tiempo y que ésta avance con otros actores, muy a pesar del letrado, de su interminable reflexión escritural sobre un país, sobre una realidad. En lejanía, el referente se difumina y se convierte en un espacio de ficción, en un juego de tablero donde vas metiendo a los personajes, enfrentándolos en diferentes situaciones y momentos. Las tensiones históricas se acumulan, los momentos constitutivos desperdiciados, también las frustraciones pero la intervención es imposible. Qué queda entonces, sino un Palacio Quemado ardiendo, memoria en combustión alimentándose continuamente de sus cenizas, de las cenizas del deseo de ser parte, de estar en la pomada.

Vuelvo a las palabras del autor entonces cuando éste se pregunta el por qué de a su ciudad (¿un país?) en uno de sus cuentos y el mismo se responde con ironía: “Para que, con la ayuda de su indiscutible solidez, las palabra conjuren entre sí y logren una vez más, una desesperada vez más, esconder la nada” , o la inutilidad de decir, sin decir nada, de rascarse los sesos pensando en unas fronteras, de arriba y cabeza abajo, desde Tiahuanacu hasta Evo Morales, pasando por Juana Azurduy y Lanza hasta llegar al Mallku, con Tamayo y Arguedas, dándose de sablazos retóricos, Freire y su dandismo medieval, la no tan conocida bofetada del dictador al letrado, revolución y nacionalización, guerrilla y dictadura y luego Zabaleta y Cusincanqui, aquí en la punta del dedillo, pero para qué o para quiénes, cuando la historia se escribe a miles de kilómetros de distancia, la escriben los que tienen hambre o los desterrados en su propia tierra.

Me pregunto como se leerá el libro fuera del país, puesto que dentro, dada la cercanía de los hechos y la similitud (copia dirán otros) de sus personajes con sus modelos vitales, la lectura será inevitablemente política, inclusive histórica. A lo mejor, sus páginas como muchas otras, vengan a engordar el imaginario del realismo trágico de Latinoamérica(que ya no maravilloso), como un espacio sin ley donde todo puede ocurrir, el tremendismo de la pobreza y la insurrección, de la urbe descontrolada y dentro de éstas distopias, una tipología más de la violencia, de las muchas que ciclicamemente se exhiben como llaga abierta para la satisfacción del “teatro universal” (diría Arzans) deseoso de consumir pesadillas para sentirse seguros en la comodidad de sus mullidos asientos o en un tibio momento de sábado por la tarde en el parque metropolitano, nuestro pequeño bestiario local con su voz autorizada, su escritor.

En esta temprana transposición literaria, sin embargo, en ese proceso de fajamiento (o actual revolución ) que da la escritura, se pueda pensar, que lo ocurrido fue solo eso, literatura y que los hechos ya han cumplido su objetivo, el de convertirse en un oportunista objeto de arte, en letra y que las contradicciones o la verdad dentro de sus páginas no importen tanto como el aura del objeto o su escritor. Al final la historia se convierte en un éxtasis de información y supuesta claridad entonces, en un extremo fatal (apelando a la terminología baudrilliana) que no interpela pero que más bien lleva a la indiferencia y conformismo en un simulacro de participación o de compromiso. Pero los hechos todavía están muy cercanos, las procesos abiertos y la posibilidades de acción son muchas y eminentes todavía, para archivarse/nos ya, en este momento, en un fresco y seco sector de nuestras bibliotecas, nuestro universo letrado.

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